Los factores internos y externos que favorecen el desarrollo de conductas criminales son elementos importantes dado que permiten comprender las raíces del comportamiento delictivo, facilitando el diseño de estrategias de prevención, así como métodos de control más eficaces. Estos factores se dividen en aquellos que provienen del propio individuo (internos) y aquellos que están relacionados con el entorno y la sociedad en la que el sujeto se desarrolla (externos).
Son
aquellos que están directamente relacionados con las características
biológicas, psicológicas y emocionales del individuo. Uno de los factores internos
más relevantes es la predisposición genética. Diversos estudios en criminología
y genética conductual sugieren que ciertos individuos pueden tener una mayor
propensión biológica a desarrollar conductas antisociales o delictivas. Esta
predisposición, sin embargo, no determina de manera absoluta el comportamiento criminal,
sino que interactúa con otros factores ambientales, lo que lleva a un
desarrollo o inhibición de estas conductas.
En el ámbito psicológico, destacan los trastornos de personalidad los individuos con trastornos como la psicopatía, el trastorno antisocial de la personalidad o el trastorno límite de la personalidad, presentan mayores probabilidades de involucrarse en actividades delictivas. Estas personas suelen mostrar un patrón persistente de impulsividad, falta de empatía y conductas arriesgadas, características que facilitan la transgresión de las normas sociales y legales. La incapacidad de regular las emociones y el bajo control de los impulsos son componentes clave en la psicopatología de muchos delincuentes.
La falta
de habilidades socioemocionales es un factor interno que predispone al individuo
a cometer delitos. Las personas que no desarrollan adecuadamente estas
habilidades, como la toma de decisiones responsables, el manejo de la ira o la capacidad
de resolver conflictos de manera pacífica, tienen mayores dificultades para
enfrentarse a las tensiones sociales y económicas de manera legal, lo que las
lleva a optar por comportamientos delictivos como forma de gestionar sus
frustraciones.
Otro
factor interno relevante es el déficit en el desarrollo moral. Según las
teorías de desarrollo moral, los individuos pasan por diversas etapas en las
que comprenden las normas y valores de la sociedad. Sin embargo, aquellos que
no alcanzan un desarrollo moral avanzado, tienden a justificar sus acciones
delictivas como medio para satisfacer sus propios intereses, sin considerar las
consecuencias para los demás. La disminuida capacidad para sentir culpa o remordimiento
es una característica recurrente en muchos delincuentes.
Por su
parte los factores externos son aquellos relacionados con el entorno familiar,
social, económico y cultural que rodea al individuo. Estos factores ejercen una
influencia decisiva en la formación de la conducta delictiva, al moldear las
oportunidades, expectativas y normas con las que el individuo interactúa.
Uno de
los factores externos más influyentes es la desintegración familiar. Las
familias disfuncionales, caracterizadas por la falta de cohesión, el maltrato
infantil, el abuso emocional o la ausencia de figuras parentales estables,
aumentan el riesgo de que los niños y jóvenes desarrollen comportamientos
delictivos. En particular, la falta de supervisión parental, el abandono emocional
y la exposición a la violencia doméstica son factores que predisponen a los
individuos a buscar modelos de comportamiento alternativos en grupos delictivos
o pandillas, en los cuales encuentran la validación que no recibieron en sus
hogares.
La pobreza, la desigualdad social y la exclusión económica crean condiciones propicias para el desarrollo de conductas criminales, especialmente en áreas urbanas marginalizadas. Cuando las oportunidades legales de acceder a bienes y servicios son limitadas o inexistentes, muchas personas recurren a actividades delictivas como un medio de subsistencia. La falta de acceso a educación de calidad y empleo digno son factores que refuerzan este ciclo, ya que limitan las opciones de movilidad social y perpetúan la marginación.
La
influencia del entorno social es igualmente determinante. Los individuos que
crecen en comunidades con altos índices de criminalidad o que se rodean de
personas con conductas antisociales, están más expuestos a normalizar este tipo
de comportamiento. Los grupos de pares tienen un impacto directo en el
desarrollo de la identidad y las decisiones del individuo, por lo que, si el
entorno valora o tolera la delincuencia, es probable que el individuo adopte
estos mismos valores y actitudes. La presión social, especialmente en jóvenes,
muchas veces lejos de ayudarlos terminan por llevarlos a participar en actos delictivos
como medio de obtener reconocimiento o aceptación dentro del grupo.
Un
caso reciente que ilustra la interacción entre factores internos y externos en
el desarrollo de conductas criminales es el desmantelamiento de una red de
trata de personas en Ciudad de México, tras el feminicidio de dos jóvenes
venezolanas, Stephanie y Susej, en julio de 2024. Este suceso reveló la
operación de organizaciones criminales que captan a mujeres vulnerables,
especialmente migrantes, para explotarlas sexualmente.
Desde
la perspectiva de los factores externos, la pobreza y la desigualdad social en
países como Venezuela impulsan a muchas mujeres a emigrar en busca de mejores
oportunidades. Sin embargo, en su tránsito, se enfrentan a situaciones de
vulnerabilidad que son aprovechadas por redes de trata. Estas organizaciones
operan en múltiples países de América Latina, adaptándose a las condiciones
locales y explotando las debilidades en la aplicación de la ley y la
corrupción.
En cuanto a los factores internos, los individuos involucrados en estas redes criminales pueden presentar déficits en el desarrollo moral y falta de empatía, lo que les permite justificar la explotación de otras personas para obtener beneficios económicos, la normalización de la violencia y la deshumanización de las víctimas son comunes en estos entornos, facilitando la perpetuación de conductas delictivas.
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