La
crítica latinoamericana al rol de la criminología, en relación con las
dinámicas de poder, ha sido una reflexión profunda que cuestiona la manera en que
esta disciplina ha sido históricamente utilizada y aplicada en aspectos de
desigualdad social, política y económica en la región. Desde esta perspectiva,
la criminología ha sido vista como un instrumento que, en lugar de promover
justicia y equidad, ha servido para consolidar y reproducir relaciones de poder
que fortalecen la marginación de ciertos sectores de la población.
Criminología tradicional y control social
Una de
las principales críticas se dirige a la criminología tradicional, también
conocida como criminología positivista o conservadora, que ha dominado el campo
durante gran parte del siglo XX. Este enfoque se centra en el estudio del
comportamiento criminal a través de factores biológicos, psicológicos y sociales,
pero sin cuestionar las estructuras de poder subyacentes que influyen en la definición
misma de qué es un delito y quién es considerado delincuente.
El
control social se constituye en un mecanismo esencial para el bienestar de la
sociedad y la actuación de la gestión pública, al permitir el ejercicio de
prácticas y actividades direccionadas hacia la defensa de intereses colectivos,
por parte de ciudadanos organizados y activados para participar en decisiones
promovidas por el Estado, así como vigilar y evitar desviaciones, cambios e
incumplimiento en las decisiones tomadas. (Ordoñez & Trelles, 2019, p. 3)
Desde
una perspectiva latinoamericana crítica, esta forma de criminología es
percibida como una herramienta de control social, diseñada para mantener el orden
establecido y proteger los intereses de las clases dominantes. La criminología
tradicional ha sido criticada por criminalizar la pobreza y centrar su atención
en los delitos de los sectores más vulnerables, mientras ignora o minimiza los
delitos cometidos por las élites y las corporaciones.
En
este sentido, la criminología ha servido para reforzar un sistema de justicia
que penaliza a los pobres, mientras pasa por alto o sanciona de manera leve a
quienes cometen delitos de "cuello blanco". Esta asimetría en la aplicación
de la ley refleja, según los críticos, las relaciones de poder inherentes en
las sociedades latinoamericanas, donde las clases altas tienen mayor influencia
y control sobre las instituciones judiciales y legislativas.
En
respuesta a esta visión tradicional, ha surgido en América Latina una
criminología crítica, que busca cuestionar y desafiar las relaciones de poder
que subyacen en las estructuras legales y punitivas. La criminología crítica parte
de la premisa de que el delito no es un fenómeno aislado o individual, sino que
está profundamente enraizado en las desigualdades estructurales de la sociedad.
Así, lo que se considera delito está social y políticamente construido, y muchas
veces responde a los intereses de quienes detentan el poder.
Los criminólogos críticos en América Latina señalan que los sistemas penales en la región han sido utilizados como mecanismos de represión y control de las clases populares, especialmente en contextos de dictaduras y regímenes autoritarios. En muchos países, el sistema de justicia penal ha sido una extensión del poder del Estado, utilizado para silenciar a los opositores políticos, reprimir movimientos sociales y castigar a los sectores más empobrecidos de la sociedad.
Uno de
los conceptos clave dentro de esta crítica es el de criminalización selectiva,
que hace referencia a cómo el sistema de justicia penal elige a qué grupos y comportamientos
considera delictivos. En América Latina, este proceso ha estado profundamente influido
por factores como la raza, la clase social y la posición política. Los sectores
indígenas, afrodescendientes y pobres son los más afectados por esta
selectividad, mientras que los sectores económicamente privilegiados rara vez
enfrentan las mismas consecuencias por actos delictivos, incluso cuando estos tienen
un mayor impacto social, como la corrupción o los delitos ambientales.
Criminología y capitalismo: la dimensión económica
del poder
Desde esta óptica, la criminología tradicional ha sido instrumental en la defensa del estatus quo económico, centrando su atención en los delitos comunes y desatendiendo los delitos estructurales, como la corrupción, la explotación laboral y el saqueo de los recursos naturales. La criminología crítica busca visibilizar estas formas de criminalidad y propone un enfoque que considere no solo el delito en sí, sino también los contextos de injusticia social y económica en los que estos actos ocurren.
También
se presenta la llamada criminología económica Rondón (2020, citado en Zárate,
2023) expresa que:
Se define como un nuevo paradigma de la criminología que toma en cuenta los aspectos políticos, el control social, las políticas de prevención criminal y la ley penal como parte de la dinámica del problema de la criminalidad con un profundo carácter económico, en un constante choque de fuerzas que lleva a una sinapsis social o intercambio de problema (p. 145)

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